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Leo Gómez, el director del grupo de Hip Hop Impulso Callejero, le dijo a la maestra de música de su escuela: quiero dejar de comer basura de la calle. Eso espero. Mejor es morir que seguir así.
Me bolseo porque se me va el hambre, me dijo a mí, haciendo referencia a la aspiración de pegamentos.
Hoy encontraron un entretenimiento sano. Ya sé que les va a parecer aburrido y desprolijo ese video, pero imaginate a tu hermanito o a tu hijito revolviendo un tacho grande de basura, revisando entre los papeles higiénicos, entre las toallitas femeninas, entre los huesos de pollo y la grasa de pescado pegada a las servilletas de papel, buscando un pedacito de pan, una remera sucia que les pueda entrar, un cartoncito que pueda sumar a su carga para vender por kilo en la compra y venta. Eso es lo que viven cada día estos rosarinos desterrados por la Sociedad Rural, por la Federación Agraria, por los latifundista que compran campos para desmontar, por las exportadoras de grano que incentivan a los productores a apostar a un yuyo venenoso como la soja, a la empresa Monsanto que impulsa a crear el semillero del mundo en Argentina y se jacta de hacer filantropía para los pobres a través de las ONGs que aceptan ese dinero sucio.
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¿Vieron que no hace falta ver la Liga o un show televisivo para ver sobre el destierro? En la esquina del Shopping del arroyo Ludueña, cada noche, hay dos de los chiquitos que vieron en este video haciendo estas mismas habilidades con sus cuerpitos, a cambio de las monedas que les dan los automovilistas.